Entré y de inmediato, el aroma a comida y a flores secas que nunca se iban, inundó mis fosas nasales y me hizo sentir en casa, pero esta vez había algo diferente.
El ambiente estaba cargado de una tensión que no debería haber.
Y fue cuando llegué a la sala que vi la razón de aquella tensión.
Sabía que esta visita no podría estar exenta de dramas.
Amira estaba allí, sentada en el suelo junto al sofá, con la ropa toda desaliñada y el rostro lleno de lágrimas. Su cabello, antes perfectamente ondul