Aquella frase, dicha con esa naturalidad obscena que lo caracterizaba, surtió el efecto deseado para él. Amira palideció y mamá dejó escapar un pequeño jadeo, lleno de asombro.
Y cuando por fin me recuperé lo suficiente como para volver al juego que habíamos planeado, me acurruqué contra su costado, mirándolo con una adoración exagerada.
Amira volvió a removerse incómoda y yo volví a sonreír.
—Oh, Holden. No hace falta tanto. Estoy segura de que tu penthouse es perfecto, pero si insistes en mim