189. CONOCIENDO AL LORD DE LOS LOBOS
VICTORIA
—Rousse, ¿estás bien?
Me levanté del suelo, aún desorientada.
Fue horrible esa sensación de caer y dar vueltas sin parar.
—Sí, señorita Victoria.
Su voz ronca me respondió.
Se levantó del suelo sobre sus dos metros, cubriéndome con su sombra intimidante, como todo en él.
Se le había caído hacia atrás la capucha negra que siempre usaba sobre el cabello grisáceo.
Sus ojos, igual en una tonalidad de gris, casi blancos, me miraron fijamente.
Estoy más que acostumbrada a los no muertos, per