La tormenta llegó a medianoche.
No era lluvia normal.
No era un trueno ordinario.
Esta tormenta se sentía viva.
Los vientos azotaron el Castillo de Piedrasangre con la fuerza suficiente para sacudir las antiguas murallas, mientras las nubes negras devoraban la luna por completo.
Los relámpagos surcaban el cielo en violentas franjas plateadas.
El reino entero se sentía extraño.
Inquieto.
Como si la propia naturaleza estuviera furiosa.
Estaba cerca de las ventanas del balcón de mis cámaras, obser