Las celdas de la prisión bajo Piedrasangre eran frías.
Oscuras.
Silenciosas, excepto por el ocasional goteo de agua que resonaba en los corredores de piedra.
El lugar perfecto para enterrar secretos.
O personas.
La espía estaba acurrucada en el rincón de su celda, su respiración superficial mientras el miedo le arañaba el pecho.
Habían pasado horas desde su captura.
Quizá más.
El tiempo se sentía extraño bajo tierra.
Un moratón oscurecía su muñeca donde uno de los guardias la había agarrado con