El cuerpo de Elena ya no parecía suyo. Cada músculo le dolía con un profundo y delicioso agarrotamiento que latía al ritmo de su corazón. Su coño seguía tierno e hinchado por el uso implacable de las noches anteriores, su culo palpitaba con el recuerdo de la gruesa polla de Damien abriéndolo, y su garganta se sentía permanentemente marcada por la forma de él. Aun así, al llegar la séptima y última noche, una extraña y febril hambre había arraigado en su pecho.
Quería más.
Damien la vistió él mi