El cuerpo de Isabelle todavía temblaba con las réplicas del orgasmo mientras Vivienne la besaba lentamente, compartiendo el sabor de su propia liberación. La seda que le sujetaba las muñecas la mantenía deliciosamente indefensa, obligándola a rendirse a cada caricia. Su coño se sentía hinchado y resbaladizo, palpitando con el placer residual.
Vivienne se apartó lo justo para mirarla a los ojos. La iluminación dorada pintaba la piel de su rival con tonos cálidos, haciéndola parecer casi etérea.