Al final, la tormenta no vino de una decisión deliberada de Miguel de aclararlo todo con ella, sino de algo mucho más pequeño: un frasco de pastillas fuera de lugar, de todas las cosas, que estaba donde no debía sobre el lavabo del baño, y la rabia particular y absurda de las pequeñas cosas que rompen una presa que los asuntos más grandes no habían logrado mover.
Él le había preguntado, de forma simple y suave, si había movido su dosis de la noche; y Luna, exhausta tras días de caminar sobre ca