—Lo siento por lo que dije antes —murmuró—. Solo… me preocupo por ti. No quiero que pierdas la esperanza.
—Tienes que ir a la escuela mañana temprano —le dije, cambiando un poco el tono—. Vamos, ve a estudiar, a dormir o a hacer lo que quieras… pero vete ya.
—Aria, tengo veinte años —replicó, poniendo los ojos en blanco—. No soy un niño al que puedas estar dándole órdenes.
—¿Ah, no? —sonreí con ironía—. Muy bien entonces, lo siento, su alteza. Prometo no volver a decírtelo. Ahora, si me disculp