—Nunca volveré a permitir que me pisoteen —dijo Xena con voz baja, pero fría. Sus ojos se clavaron directamente en los de su padre, sin mostrar el menor rastro de miedo—. Incluido usted… señor Daniel.
La presión de los dedos de Xena sobre la muñeca de su padre era tan fuerte que el hombre de mediana edad quedó atónito. Daniel estaba completamente sorprendido por el valor de Xena. La hija que durante décadas siempre había agachado la cabeza, obedecido y cedido, ahora se atrevía a detener su mano