Helena se quedó completamente helada, petrificada bajo el peso de las palabras de Alex.
El pulso le latía con fuerza en los oídos y el aire pareció esfumarse de la suite médica. La presión del agarre de Alexander en su muñeca no disminuía, sus dedos eran un grillete caliente que la anclaba a una realidad de pesadilla.
Esos ojos grises, desprovistos de la devoción de los últimos meses, la escaneaban con una hostilidad que le desgarraba el alma.
— Señor Miller, por favor, modere su fuerza inmedia