DEMETRIA
Si la felicidad tuviera un sonido, el mío era el suave taconeo de mis tacones sobre el suelo de mármol del Hôtel de Paris mientras Marion me guiaba por el patio. Mi pulso se aceleraba, cada paso hacia la pastelería de Cédric Grolet me hacía sentir como si caminara hacia mi destino.
Y entonces, allí estaba. Cédric Grolet en persona, vestido de blanco inmaculado, con una cálida sonrisa enmarcada por la serena confianza que solo un maestro posee.
Se me aflojó la mandíbula. Casi olvidé res