Capítulo — Promesas que vuelven a empezar
Ana y Pedro llegaron a la casa de Flor y Gabriel una tarde tranquila, de esas en las que el sol entra despacio por las ventanas y todo parece ir un poco más lento. Traían sonrisas nerviosas, miradas cómplices y una emoción que se notaba incluso antes de que hablaran.
Después de unos mates, risas y comentarios sueltos sobre los niños, Pedro aclaró la garganta. Se acomodó en el sillón y, por primera vez en toda la tarde, pareció dudar.
—Queremos contarl