Mientras tanto, de vuelta en la casa vieja, Cale y Silas estaban frente a frente.
Decenas de cañones de rifle seguían apuntando a Cale sin desviarse. Las paredes estaban agrietadas por la pelea ocurrida momentos antes. Nadie se atrevía a moverse. Hasta las respiraciones se oían con claridad en medio de aquel silencio opresivo.
Silas se limpió con el pulgar la sangre de los labios y mostró una sonrisa torcida. Paseó despacio la mirada por los hombres que los rodeaban.
—Ahora —dijo en voz baja—, t