La sirvienta que había llevado el desayuno se quedó ahí, incómoda.
—Señorita… debería comer aunque sea un poco —dijo en voz baja.
—No tengo hambre —respondió Naomi sin mirarla—. Llévate la comida.
—Al menos…
—Dije que no —la interrumpió Naomi, esta vez con mayor dureza.
La sirvienta al fin se retiró del cuarto en silencio. No esperaba encontrar a Lydia ahí parada; la sorpresa se le notó un instante antes de que bajara la cabeza.
—Este… la señorita Naomi todavía no ha tocado su desayuno, señora —