AHORA TE TOCA A TI

Ricardo leyó el titular en la pantalla del teléfono de Helena y luego alzó la vista lentamente.

Esa sonrisa tenue volvió a aparecer.

Tenue.

Fría.

Podrida.

—Ahora te toca a ti —dijo, dirigiéndose a Isabella.

No hubo gritos.

Ni amenazas grandilocuentes.

Y precisamente eso hacía que sus palabras dolieran más.

Porque esta vez decía la verdad.

El titular ya había cambiado el foco.

Ya no apuntaba solo a Lucas.

Ni solo a la sangre de los Montenegro.

Ahora el mundo volvería su mirada contra ella.

La mujer que llegó de fuera.

La que se había "ganado" a los niños, al hombre y a la herencia en una sola vuelta de escándalo.

Helena apagó la pantalla y miró a Ricardo como si viera desechos tóxicos.

—Llévenselo —ordenó al alguacil del condado.

Ricardo no opuso resistencia cuando lo tomaron del brazo.

Siguió mirando fijamente a Isabella.

—Los medios serán más crueles que yo —dijo en voz baja—. Y esta vez dirán que te lo mereces.

Alejandro se movió antes de que nadie pudiera detenerlo.

Un solo paso.

Lo suficiente para poner al alguacil en alerta.

—Si vuelves a usar la palabra "merecer" hablando de ella —dijo con un tono casi inaudible—, olvidaré todas las razones por las que te he dejado con vida.

La habitación quedó en silencio absoluto.

Ricardo lo sostuvo la mirada durante largo rato.

Luego sonrió levemente.

—¿Lo ves? —señaló a Isabella—. Ahora ya no son tus hijos tu punto débil.

Alejandro estuvo a punto de avanzar de nuevo.

Helena lo detuvo con una mano sobre el pecho.

—Aquí no, en la sala de registro federal —le advirtió con frialdad.

Ricardo fue escoltado hacia la salida.

Serrano lo siguió esposado.

Diana no se atrevió a mirar a Isabella cuando pasó junto a ella.

Mejor así.

No merecía ni una sola mirada suya.

En cuanto la puerta se cerró, la sala, que momentos antes parecía demasiado llena, se sintió vacía de golpe.

Helena abrió su carpeta roja.

—Todavía no hemos terminado.

Claro que no.

Isabella cruzó los brazos sobre el pecho.

—Dime ya cuál es la mala noticia.

Helena empujó el teléfono sobre la mesa.

El titular seguía encendido:

¿QUIÉN ES ISABELLA VARGAS? LA MUJER QUE SE APODERÓ DE LA HERENCIA DE LOS MONTENEGRO

Debajo, una fotografía suya en los escalones del juzgado.

La mirada tensa.

Los ojos fríos.

Exactamente lo que el público necesitaba para armar una nueva historia.

—Ahora te presentarán como una oportunista —explicó Helena—. No como una madre que protege a sus hijos. Ni como una mujer golpeada por el sistema. Sino como la que "se ha hecho con el fideicomiso a través de los niños".

—Que lo intenten —respondió Isabella.

—No será solo cosa de medios —intervino Ortega.

Abrió su tableta.

—Pueden apuntar a tus bienes personales y tu negocio como prueba de conflicto de intereses. Si logran hacerte parecer inestable, tanto económica como moralmente, atacarán la tutela por la vía indirecta.

El estómago de Isabella se tensó de inmediato.

—¿No les basta con perseguir a los niños?

—No —respondió con calma el padre Tomás—. Porque ahora el camino más rápido no pasa por Lucas. El camino más rápido es destruirte a ti.

Un silencio pesado descendió sobre el grupo.

Esa era la verdad desnuda.

No se trataba de linaje.

Ni de apellido.

Se trataba de ella.

Si ella caía, los niños tambalearían con ella.

Alejandro volvió a mirar el titular.

Luego tomó el teléfono de Helena y lo apagó.

—Nada de esto va a salir impune sin nuestra respuesta.

—¿Y cómo respondemos? —preguntó Isabella.

Sus ojos oscuros se posaron en ella.

Con total claridad.

Con absoluta determinación.

—Diciendo la verdad.

—Al mundo no le importa la verdad.

—Entonces haré que le importe el miedo, si hace falta.

Su voz sonaba demasiado tranquila.

Demasiado propia de él.

Y maldita sea, una parte de ella se sintió un poco más segura al escucharlo.

Helena interrumpió antes de que el silencio se volviera demasiado íntimo.

—Saldremos por el sótano de archivos. El vestíbulo principal ya se está llenando.

—¿Medios? —preguntó Ruiz.

Helena asintió.

—Y dos equipos legales del fideicomiso central.

Valentina chasqueó la lengua.

—Increíble. El circo avanza más rápido que la ambulancia.

El sótano de archivos debía ser una salida discreta.

Por supuesto que no lo fue.

En cuanto la puerta de acero se abrió al pasillo de aparcamiento de empleados, los gritos estallaron como una bandada de pájaros hambrientos.

—¡SEÑORA VARGAS!

—¿ES CIERTO QUE SE HIZO CON EL FIDEICOMISO GRACIAS A UN EMBARAZO SECRETO?

—¿MINTIÓ A LA FAMILIA MONTENEGRO?

—¿DESTRUYÓ USTED LA RELACIÓN ENTRE PADRE E HIJO POR DINERO?

Increíble.

Siempre hay alguien dispuesto a vender la ubicación.

Dos guardias intentaron contener la línea, pero había demasiadas cámaras y demasiados micrófonos.

Alejandro se colocó al instante delante de ella.

Su cuerpo se convirtió en un muro.

Una mano apoyada en su espalda baja.

No con ternura.

Ni con intimidad.

Pero con una firmeza absoluta.

—Sigue caminando —le dijo en voz baja.

—Si empiezo a pegar a alguien, no te sorprendas —respondió ella.

—Si lo haces, yo elijo a quién.

Ella estuvo a punto de sonreír.

De verdad, no debía.

Una periodista se abrió paso entre la multitud.

—Señora Vargas! ¿Ocultó deliberadamente a los niños para entrar en esta familia en el momento justo?

Isabella se detuvo.

Alejandro se tensó al instante.

—Isa...

—No —lo cortó ella.

Respiró hondo una vez.

Y miró a la periodista directamente a los ojos.

—Si alguna vez se ha visto sola, embarazada, abandonada y amenazada por una familia rica —dijo con frialdad—, quizás aprenda a hacer preguntas más inteligentes.

Silencio.

Las cámaras siguieron grabando.

Perfecto.

Que también registraran su cara.

Otro periodista gritó:

—¿Entonces admite que se ha apoderado de la herencia de los Montenegro?

Esta vez fue Alejandro quien respondió.

No a un solo periodista.

A todas las cámaras.

—Escuchen bien —su voz cortó el alboroto—. Nada de lo que Isabella tiene le fue entregado por mí. Nada. Lo que posee ahora fue elegido por mi madre, avalado por la ley y conseguido después de que mi propia familia destruyera su vida durante seis años.

Un silencio limpio y absoluto.

La periodista parpadeó.

No esperaba una respuesta tan contundente en un aparcamiento estrecho.

Alejandro no había terminado.

—Y quien siga llamándola cazarafortunas después de esta mañana... —sus ojos oscuros se clavaron en la cámara más cercana— ...estará protegiendo deliberadamente a un criminal.

Luego tomó a Isabella del brazo y la metió en el coche.

La puerta se cerró de golpe.

El ruido del exterior quedó amortiguado.

La respiración de Isabella sonaba demasiado fuerte en la cabina.

Miró el perfil de Alejandro.

La mandíbula apretada.

La mirada fija en la carretera.

Y Dios mío, acababa de decir todo eso.

Delante de las cámaras.

Delante del mundo entero.

—¿Por qué has dicho eso? —preguntó ella.

—¿Qué parte? ¿Lo de los criminales?

—Lo de que tu madre me eligió a mí.

Sus ojos oscuros se posaron en ella un instante.

Porque era la verdad.

La respuesta llegó demasiado rápido.

Demasiado desnuda.

Él apartó la mirada hacia la ventana antes de que ella pudiera ver lo mucho que aquello le afectaba.

El coche apenas había avanzado tres manzanas cuando el teléfono de Isabella vibró.

Camila.

Lo contestó de inmediato.

—¿Cam?

Sin saludos.

Sin rodeos.

Su amiga casi gritaba al otro lado de la línea.

—¡Isa, no te asustes, pero han precintado tu estudio!

La sangre se le heló en las venas.

—¿Qué?

—Llegaron hace quince minutos. Dos agentes de delitos económicos, un abogado del fideicomiso y, por supuesto, también había periodistas. Dicen que hay una denuncia por robo de diseños, manipulación de cuentas y desvío de fondos de clientes.

El silencio volvió a caer en el coche.

Alejandro giró la cabeza bruscamente.

Isabella activó el altavoz.

Camila seguía hablando, con la respiración entrecortada.

—Estoy fuera. Se han llevado los servidores, las copias de seguridad, todos los contratos principales... Isa... también han puesto una orden de bloqueo temporal de tus cuentas empresariales.

Ortega cerró los ojos.

Maldición.

Claro.

Por supuesto que atacarían su sustento.

—¿Dicen quién ha presentado la denuncia? —preguntó Isabella.

Una breve pausa.

Luego la voz de Camila bajó de tono.

—El Fideicomiso Montenegro.

Nadie en el coche se sorprendió.

Eso era lo peor de todo.

Alejandro le tomó el teléfono de la mano.

—¿Camila?

—Sí... ¿quién... ah, hola.

—¿Tienes el documento oficial en formato digital?

—Sí. Te lo envío ahora mismo.

Tres segundos después, el correo llegó a la tableta de Ortega.

Lo abrió rápidamente.

Su expresión se endureció como piedra.

—No es solo el bloqueo de cuentas —dijo.

—¿Qué más? —preguntó Isabella.

Ortega tragó saliva.

—También han solicitado una revisión urgente de tu capacidad económica como tutora principal.

Una náusea le subió a la garganta.

—¿Qué significa eso?

Helena respondió desde el asiento delantero.

—Significa que van a alegar que ya no eres lo suficientemente estable económicamente para ser la tutora exclusiva de los dos niños.

Maldición.

Alejandro le devolvió el teléfono.

Luego habló con una voz muy baja, muy tranquila y absolutamente letal:

—Ricardo no se detiene cuando se cierra una puerta. Abre todas las puertas a la vez.

Camila seguía escuchando al otro lado.

—¿Isa? ¿Sigues ahí?

—Sí.

—¿Qué quieres que haga?

Isabella cerró los ojos una fracción de segundo.

Luego los abrió con determinación.

—Que nadie toque el cuaderno de bocetos azul del tercer cajón —dijo rápido—. Sácalo si puedes. Si no, haz fotos de todo lo que se lleven.

—Me encargo.

Colgó la llamada.

El silencio que siguió fue peor que la noticia en sí.

Porque ahora todo estaba claro.

Ricardo estaba quemando cada rincón de su vida.

No solo la tutela.

Ni su reputación.

Su carrera.

Sus ingresos.

Todo.

Alejandro miró fijamente la carretera.

—Si quiere destruir tu capacidad para mantenerlos —dijo—, entonces primero destruiremos su base legal.

Isabella lo miró.

—¿A qué te refieres?

Sus ojos oscuros se encontraron con los suyos.

Sin rastro de duda.

Solo decisión.

—A que, una vez reunamos todas las pruebas federales... —bajó la voz— ...iremos al corazón del fideicomiso y arrancaremos sus cimientos.

Javier, que conducía, alzó una ceja por el espejo retrovisor.

—Suena a guerra corporativa.

—No —dijo Isabella en voz baja.

Y por primera vez desde que salió el titular, una sonrisa se dibujó en sus labios.

Afilada.

Fría.

Peligrosa.

—Es venganza.

El teléfono de Helena vibró de nuevo.

Miró la pantalla.

Luego alzó la vista lentamente.

—Hay una vista judicial.

La tensión recorrió todo el coche.

—¿Cuándo? —preguntó Alejandro.

Helena tragó saliva.

—A mediodía.

—¿Qué revisarán? —preguntó Isabella, aunque ya conocía la respuesta.

Helena la miró a los ojos.

—A ti.

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