Dante
Habíamos llegado a mi habitación hace unos minutos, y no lo iba a negar. Era la primera vez que se quedaría una chica en ella. Si algo nos había exigido nuestra madre, era respetar la casa. Ella tenía conocimientos de nuestras aventuras, pero nos hizo jurar que solo traeríamos a nuestra pareja seria, la que tenemos visualizada para años, en otras palabras, la de toda la vida. Esa era la que mi madre quería que se quedara en mi recámara.
Esperaba a que saliera del baño. En el cuartel tomé una ducha mientras ella iba por ropa y acompañaba a las chicas a su casa. Me había quedado en bóxer y la camiseta negra para dormir. La vi salir con una pequeña bata mostrando esas preciosas piernas. De una, mi verga se endureció; miré la hora, solo le quedan un par de horas para dormir.
—¿Piensas en lo que pasó?
—No. De hecho, una regla de mi padre es evitar traer el cuartel a la casa y menos a mi habitación. De lo contrario, no tendré una vida. Mañana tengo trabajo en el rancho; luego iré al c