El mensajero llegó a las nueve y cuarenta y ocho.
Rosa lo recibió en recepción y subió el sobre al cuarto piso con la discreción entrenada de quien lleva suficiente tiempo en ese hotel para saber que no todo lo que llega en sobre blanco es correspondencia ordinaria.
Alice estaba en el despacho revisando el informe semanal de Eduardo cuando Rosa llamó a la puerta.
—Un mensajero. En mano. —Extendió el sobre.
Alice lo tomó.
El nombre en el anverso estaba escrito en la caligrafía de Liam: la l