El mensajero llegó a las nueve y cuarenta y ocho. Rosa subió el sobre con la discreción entrenada de quien sabe que no todo lo que llega en sobre blanco es correspondencia ordinaria.
—Un mensajero. En mano.
Alice lo tomó. El nombre en el anverso estaba en la caligrafía de Liam: la letra inclinada, la A con ese trazo inicial que siempre empezaba demasiado arriba. Lo había visto en actas, en contratos, en la firma del prenupcial que Valeria guardaba en una carpeta que Alice no había vuelto a abrir