La puerta se abrió y Damián entró.
Aitana, sabiendo que era él, sin volverse, habló con voz indiferente: —No vengas más por aquí. Nadie necesita esta falsa compasión, como gato llorando por un ratón muerto.
Damián se acercó, intentando tomar el hombro de Aitana, pero ella lo evitó.
Con la mano suspendida en el aire, Damián finalmente dijo en voz baja: —No me divorciaré. Aitana, tenemos un acuerdo entre nosotros.
—Sé que firmé por dos años.
—Damián, si insistes en no divorciarte, puedo esperar. A