Aitana sufrió un aborto.
Sin descansar, regresó inmediatamente al altar funerario de su abuela, acompañándola con un vestido sencillo y negro.
Una ráfaga de viento nocturno se levantó. Las cenizas de las velas, levantadas por el viento, flotaban en el cielo nocturno.
Aitana bajó los ojos, las lágrimas caían gota a gota:
— Abuela, que tengas un buen viaje, disfruta del cielo, pronto nos volveremos a ver.
Las telas blancas de los estandartes, sacudidas por el viento nocturno, crujían como el sonid