Capítulo 2

POV Matteo

Noviembre de 2018

Estaba nervioso.

Y eso era ridículo.

Porque yo nunca me ponía nervioso.

No de esa manera.

Había salido con prácticamente la mitad de las chicas populares del colegio. Algunas habían sido agradables. Otras, insoportables. A la mayoría simplemente le gustaba la idea de estar conmigo.

Mi apellido ayudaba.

La reputación de mi hermano mayor en ese colegio también.

Y, sinceramente, nunca había tenido que esforzarme demasiado.

Las chicas aparecían.

Siempre habían aparecido.

Entonces, ¿por qué demonios me sudaban las manos mientras me apoyaba en el coche como si tuviera quince años?

Sabía perfectamente la respuesta.

Porque esa noche pensaba decirle la verdad a Tessália.

O al menos una parte de ella.

Necesitaba explicarle por qué me había acercado a ella a principios de año.

Necesitaba pedirle perdón de verdad.

No una de esas disculpas superficiales que uno ofrece solo para aliviar la conciencia.

Una disculpa sincera.

Porque ella se lo merecía.

Se merecía mucho más de lo que yo había sido durante aquellos primeros meses.

Cerré los ojos un instante y me pasé una mano por el rostro.

Esto iba a salir mal.

En cuanto le dijera la verdad, probablemente me odiaría.

Y quizá tendría toda la razón.

Pero ¿y si todavía quedaba una oportunidad?

Una oportunidad para empezar bien, esta vez.

Sin mentiras.

Sin juegos.

Sin fingir que no pasaba la mitad del día pensando en ella.

Solté el aire lentamente y volví a apoyarme en el coche, intentando ordenar mis pensamientos.

Fue entonces cuando la puerta de la mansión de los Blake se abrió.

Y olvidé por completo cómo se respiraba.

Porque apareció ella.

Joder.

Tessa bajó los escalones despacio, claramente nerviosa, sujetando su pequeño bolso contra el cuerpo como si lo necesitara para mantenerse firme.

El vestido rosa claro parecía hecho exclusivamente para ella.

Delicado.

Hermoso.

Peligrosamente hermoso.

Su cabello caía en suaves ondas sobre los hombros y, sin las enormes gafas que solía llevar, sus ojos parecían aún más grandes.

Más dulces.

Era el tipo de chica que miras una sola vez y te pasas el resto de la vida buscando una excusa para volver a verla.

Sentí un extraño nudo en el pecho.

Porque conocía a Tessália Blake desde hacía años.

Pero nunca la había visto así.

O quizá nunca me había permitido verla de verdad.

Se acercó despacio hasta detenerse frente a mí.

Con timidez.

—Hola.

Mi cerebro dejó de funcionar.

Frunció ligeramente el ceño.

—¿Matteo?

—Hola —respondí demasiado rápido.

Y demasiado raro.

Tessa soltó una risita contenida.

Y eso terminó de destrozarme.

Dios mío.

Estaba perdido.

—Estás preciosa —dije antes siquiera de pensarlo.

Sus mejillas se tiñeron de rosa al instante.

Entonces me incliné y le di un beso corto en los labios.

Pequeño.

Pero suficiente para que se sonrojara todavía más.

Sonreí sin poder evitarlo y le abrí la puerta del asiento del copiloto.

Después rodeé el coche y subí también.

El silencio se volvió extraño de inmediato.

No incómodo.

Solo demasiado intenso.

Como si hubiera demasiadas cosas atrapadas entre los dos.

Decidí decir cualquier cosa antes de volverme loco.

—Mi padre está actuando como si hubiera descubierto la cura del cáncer solo porque entré en la misma universidad en la que estudiaron él y mi hermano.

Ella soltó una risa suave.

—Me lo imagino.

—Creo que ya se lo contó a toda la ciudad.

Giró un poco la cabeza hacia mí, sonriendo de esa forma discreta que conseguía revolverme el estómago.

—Entonces… ¿te obligó a invitarme esta noche?

Intentó decirlo en tono de broma.

Pero había inseguridad en su voz.

Pequeña.

Escondida.

Y odié darme cuenta de ello.

Porque significaba que una parte de ella todavía no creía que yo pudiera simplemente querer estar allí.

Con ella.

—No —respondí en voz baja—. Habría venido de todas formas.

Apartó la mirada enseguida, avergonzada.

Y el silencio regresó.

Pero esta vez no pareció tan malo.

Cuando llegamos al restaurante, todo se volvió más ligero.

Hablamos de la graduación que se acercaba.

De la universidad.

De los profesores insoportables.

De cómo Chloe casi había sido suspendida tres veces en el mismo semestre.

Tessa se reía con todo el cuerpo.

Y eso era peligroso.

Porque cuanto más se reía ella, peor me sentía yo.

Más pesada se volvía la culpa dentro de mi pecho.

Cuando llegaron los platos, supe que tenía que hablar antes de perder el valor.

—Tess… necesito contarte algo.

Pareció sorprendida.

Pero luego respiró hondo y empezó a juguetear nerviosamente con la servilleta sobre su regazo.

—Yo también tengo que decirte algo.

Fruncí el ceño.

—Tú primero.

Contuvo la respiración durante un largo segundo antes de reunir el valor necesario.

—Me dijiste que pensara bien lo de hoy.

Mi corazón empezó a latir con fuerza de inmediato.

—Y lo hice.

Evitaba mirarme mientras hablaba, claramente nerviosa.

—Sé que… probablemente terminemos en lugares diferentes después de graduarnos. La universidad, una rutina nueva… esas cosas.

Respiró hondo.

—Pero lo pensé mucho y… quiero que sea contigo.

Todo mi cuerpo se quedó inmóvil.

—Tess…

—Y no estoy intentando cargarte con ninguna responsabilidad —continuó rápidamente, cada vez más nerviosa—. Sé que las cosas pueden cambiar después y…

—Eh.

Por fin levantó la vista.

Sus ojos enormes.

Sinceros.

Confiando en mí de aquella forma tan absurda.

Me dolió el pecho.

—No tienes que justificarte.

Se quedó en silencio.

Y después añadió, casi en un susurro:

—Solo es importante para mí que sea con alguien a quien quiera de verdad.

Eso terminó de romperme.

Porque en ese instante comprendí dos cosas al mismo tiempo.

La primera era que nunca antes había querido a nadie de esa manera.

La segunda…

Era que no podía decirle la verdad.

No allí.

No después de que me hubiera mirado de esa forma.

Sonrió con nerviosismo.

—¿Qué era lo que ibas a decirme?

Esa era mi oportunidad.

Era ahora.

Podía terminar con todo antes de que ella saliera realmente herida.

Debía hacerlo.

Pero cuando abrí la boca…

No salió nada.

Solo cobardía.

Solo miedo a perderla.

Así que mentí.

O quizá fue todavía peor, porque en realidad no era exactamente una mentira.

Era solo la parte egoísta de la verdad.

Respiré hondo y tomé su mano por encima de la mesa.

—En realidad… iba a decirte que quiero que esto funcione.

Parpadeó, sorprendida.

—Aunque haya distancia. Aunque venga la universidad. Pase lo que pase.

Sus ojos comenzaron a brillar poco a poco.

Y esa sonrisa volvió a aparecer.

Pequeña.

Hermosa.

Confiando en mí.

Sentí que el estómago se me hundía por completo.

Porque, por primera vez en mi vida…

Sabía exactamente lo que era no merecer a alguien.

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