—No pensé que alguna vez tendrías que traer a tu hijo a mi casa —murmuró Adrián apenas el automóvil cruzó lentamente las enormes rejas negras de la residencia Montenegro.
Desvié la mirada hacia la ventana mientras los jardines cuidados comenzaban a extenderse frente a nosotros bajo la luz cálida de la tarde. Ya había estado ahí muchas veces antes. Lo suficiente para entender que aquella mansión no era simplemente una casa elegante, sino una extensión exacta del hombre que la habitaba: fría, cont