Dalia Davis
Estaba segura de dos malditas cosas.
La primera: No estaba en mi habitación. Y la segunda: Alguien estaba detrás de mi aferrándose a mi cintura como si la vida se le fuera en ello.
Lo peor es que yo estaba tan cómodamente entrelazada que sabía que solo podía ser una persona; Khail.
Traté de zafarme de su agarre, pero su brazo me sostuvo en mi lugar y un gruñido suave y ronco me erizó la piel por completo.
—Quédate donde estas, fierecilla, la alarma ni siquiera ha sonado.
Dios m