No había recordado la última vez que vi a Adam sonreír y divertirse tanto como lo había hecho. Había buscado en mi cabeza momentos como este en el que la sonrisa le había partido la cara a la mitad, pero no los encontré, la mayoría de las veces su rostro estaba serio y pensativo.
Hoy todo eso cambió, su euforia fue la de un niño real.
Adam y yo subimos a todos los juegos que encontramos con el pase libre que teníamos, habíamos tirado pelotas hacia objetivos, habíamos subido a la montaña rusa