Leena tampoco pudo descansar. Movió la nariz, apoyó la barbilla en las manos y miró mil veces su teléfono durante la larga noche, pero éste yacía en silencio y quieto sobre la mesa frente a ella, muerto como un ladrillo.
Ya era la una de la madrugada y se preguntaba si aún así volvería a casa. ¿Qué se suponía que debía hacer con toda la comida que le había preparado si él no lo hacía? Ella pensó que tal vez había surgido algo inesperado y que no podía dejarlo sin hacer. Pero incluso si eso fuer