La noticia del arresto de Doña Victoria golpeó las emisiones matutinas como una enorme onda de choque sísmica.
Me encontraba en el centro de mi amplia y moderna sala de estar. La pesada cortina de lluvia helada en el exterior azotaba los gruesos cristales antibalas de mi finca en el acantilado. La tormenta igualaba la energía caótica y agitada dentro de mi propio pecho. Sostenía una taza caliente de amargo café expreso solo entre mis manos, dejando que el calor se filtrara en mis dedos fríos.
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