Capítulo 57

Priscilla.

—No te haremos nada malo —dijo el tal Romanov cuando llegamos a su casa —. Aún.

Minutos después me encerró en una habitación acolchada, no parecía haber puertas, pero yo sabía que había una, porque me di cuenta cuando entramos. Tenía los brazos atados por la espalda por una camisa de fuerza. No podía sentir nada más que el olor a gardenias desde las esquinas.

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