SEBASTIAN
Me recuesto en mi silla, observándola mientras me ve de inmediato y sonríe.
Alexis nunca me sonríe.
—Sebastian, ¿cómo va tu primer día? —sonríe.
—Alexis. —Inclino la cabeza en saludo, pero frunzo el ceño cuando se detiene justo frente a mí.
—Te estás adaptando bien —continúa.
Me inclino un poco hacia atrás en la silla.
—¿Ah, sí?
Su mano roza ligeramente la mesa.
—Mejor de lo esperado.
—Me sorprendes.
—¿De verdad? —pregunto.
Sus ojos se quedan en mí.
Más tiempo del debido.
—Sí.
Hay un