ALEXIS
—Repite eso.
No levanto la vista. No parpadeo. Ni siquiera detengo el trazo de la línea que estoy escribiendo. Porque si lo hago, podría reírme. O peor: involucrarme. Y no estoy de humor.
—He dicho —repite la voz, más fuerte esta vez— que se necesita esta sala.
Sigo sin mirar. Sigo escribiendo. Sigo sin impresionarme.
—¿Por quién? —pregunto. Calmada. Plana. Aburrida.
Hay una pausa. De esas que esperan reconocimiento. De esas que asumen importancia. De esas que suelen funcionar con la gen