CASSAIN
—Te lo dije.
Sebastian ni siquiera me mira.
—Te escuché la primera vez.
—Claramente no —respondo, apoyándome en el borde de la mesa con los brazos cruzados—. Porque todavía estamos en una habitación discutiendo cómo tu ropa, aparentemente, está envenenando a la gente.
—No es así —dice él tajante.
—Eso es lo que tú crees.
—Eso es lo que sé.
—Entonces explica los síntomas.
Porque ese es el problema. No tenemos respuestas. Y no me gusta no tener respuestas. Hace que las cosas se vuelvan ca