Ricardo se tiró de la corbata, molesto, y miró el acuerdo prenupcial que tenía delante, como si le hubieran dado una bofetada.
Cada vez que a Magnolia llamaba —cazafortunas—, la mujer nunca lo negaba.
Cerró los ojos, tal vez ella había argumentado, pero él tampoco parecía creerla.
Ricardo creía que siempre había sido un buen juez de carácter, pero falló ante Magnolia, lo que le hizo sentirse muy disgustado y culpable.
—¿En qué estás pensando? Ayer fui al auditorio y advertí a Magnolia, no deberí