—Si tanto me detestas, ¿por qué haces esto? —pregunté entre dientes.
—Yo no te detesto —dijo empujándome sobre la cama. Caí apoyada en mis codos e instintivamente retrocedí, pero su mano tiró de mi tobillo acercándome nuevamente.
—Es lo que parece. Al igual que Abigor, me detestas, me culpas por algo de lo cual no tengo ni idea. Es como si quisieras cobrártelas conmigo por algo.
—¿Qué te hace suponer eso? —Tomó mi mentón con fuerza, dejando su rostro a escasa distancia.
—Esa mirada de re