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Ahmose abrió la puerta. Hori, su mejor amigo, estaba parado allí, envuelto en una capa oscura que ocultaba su uniforme. Su rostro estaba pálido, sus ojos hundidos, y en su semblante se dibujaba una agonía que Ahmose nunca antes había visto. No había tiempo para preguntas.
—Pasa —dijo Ahmose, tirando de él hacia el interior de la habitación. Cerró la puerta con llave, la daga todavía en su mano.
—¿Qué haces aquí, Hori? —preguntó Ahmose—. Se supone que estás haciendo guardia en el palacio. ¿Oc