Capitulo 107

La noche caía pesadamente sobre el campamento improvisado a las afueras de Menfis, un hervidero de tiendas de lona oscura, fogatas parpadeantes y el murmullo constante de cientos de hombres. El aire olía a sudor, a metal frío y a la promesa de la guerra. En el corazón de ese caos organizado, una tienda más grande, de lona negra y sin insignias, se mantenía en un silencio sepulcral. Dentro, Imhotep se erguía. Esperó impasible la llegada de su invitado.

La entrada de la tienda se abrió y el General Nakht entró. Su figura era una mole de músculo y hueso, ataviado con una armadura de cuero endurecido y remaches de bronce, gastada por innumerables batallas. La reputación de Nakht le precedía: un estratega implacable, un líder sanguinario, un hombre para quien la victoria se medía en la cantidad de sangre derramada.

—Sumo Sacerdote —saludó Nakht—. He acudido a su llamado. El campamento está listo. Mis hombres, ansiosos.

Imhotep asintió, s
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