El reloj de pared de la cocina del 4A marcaba las dos y cuarenta y cinco de la madrugada. Madrid, al otro lado de las puertas de cristal del balcón, finalmente parecía haber apagado sus motores térmicos, pero el pasillo del cuarto piso seguía registrando una actividad de alto rendimiento.
Iris Olmos, con el pelo castaño desordenado en un moño que desafiaba todas las leyes de la gravedad capilar, sostenía una taza de café solo tan cargado y denso que probablemente habría resucitado a un faraón m