El vuelo de regreso a Madrid había sido una obra maestra de la aerodinámica y la tensión estática contenida. Mientras Elena y Ricardo Olmos se sumían en un letargo profundo inducido por la mezcla de madrugón aeroportuario y los efluvios residuales del limoncello de oferta, Iris y Caleb habían compartido una fila de asientos en la que apenas tres centímetros de reposabrazos separaban sus respectivos universos. El roce constante de sus hombros y la memoria táctil de los viñedos toscanos flotaban