La biblioteca de la antigua residencia Castillo se sentía como una cápsula del tiempo que acababa de estallar, llenando el aire con el polvo de verdades que habían estado asfixiadas durante tres décadas. Julián Sokolov, el hombre que debería haber sido una sombra en un archivo judicial, nos observaba con una serenidad que solo se adquiere tras haber muerto una vez y aprendido a caminar entre los vivos.
Alexander no bajó el arma del todo; su instinto, forjado en la paranoia de los Volkov, le impe