NARRADO POR EZRA VARDAN:
Victoria me citó dos días después, no en la sala capitular donde todos habían sido testigos de mi caída, sino en su despacho privado del último piso, con las cortinas cerradas y solo un asistente de confianza como testigo.
Supe, en cuanto crucé la puerta, que esto no iba a ser una negociación.
—Siéntate —dijo, sin levantar la vista de los documentos que tenía extendidos sobre el escritorio.
No me senté.
—Prefiero escuchar de pie lo que tengas que decirme.
Ella suspiró,