Lora se apoyó en la barandilla del balcón y se quedó mirando el cielo nocturno mientras la fría brisa de la noche le acariciaba el rostro. Su teléfono vibró sobre el alféizar de la ventana; era Dante.
—Hola —dijo ella, bajando un tono de voz al contestar—. Justo estaba pensando en ti.
—Espero que en cosas buenas —retumbó la voz grave de Dante al otro lado de la línea—. Quería saber cómo estabas. ¿Cómo te ha ido hoy? ¿Ha vuelto a aparecer ese desconocido por el colegio?».
Lora suspiró, pero esta