Nos sentamos todos a la mesa, vi que los niños llevaban anchas sonrisas llenas de diversión, que mi suegra tenía un gesto de confusión y que la empleada se sentía un poco tensa al estar sentada a la mesa.
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Observé a Isaac que pasó por el umbral con aquel traje que le quedaba monísimo, con un gesto amargado y los brazos llenos de platos, como un mesero experto. Mi suegra le hizo un recorrido con un gesto divertido, como si nunca hubiera imaginado el ver a su hijo de ese modo.
—Ni siquiera abras