Amelia se sentía asqueada, humillada, y más al ver lo que Joaquín la estaba obligando hacer.
—¿Qué te pasa muñeca?, ¿Acaso te da asco? —dijo Joaquín mientras señalaba su enorme polla.
—No, claro que no, pero es que nunca me habías obligado hacer tal cosa —dijo Amelia.
—¡Las reglas del juego cambiaron querida, entre más dinero pidas, más complacido debo quedar, ¿No crees? —exclamó Joaquín, mientras Amelia asentía.
Amelia tragó saliva, estiró sus manos y tomó la polla de Joaquín en sus manos y la