Theo vio a Fayna marcharse, para luego girar a ver a Saimon, y entendió al instante la orden disfrazada de ruego, “No la sigas”, todos en la cafetería habían presenciado el espectáculo que acababa de suceder, una discusión breve, cortada por la brusquedad innecesaria de un custodio que inmovilizó a Julieta con más fuerza de la imprescindible.
Theo sabía que Saimon tenía razón, bastaba una lengua suelta, un empleado, un familiar de paciente, cualquiera de esos ojos furtivos que ahora bajaban al