—Bien, te llevaré a tu casa —propone él.
—No es necesario, puedo irme en un taxi.
—Eres mi prometida, jamás dejaría que te fueras en un taxi. —afirma él y Antonella eleva sus hombros sonríendo.
Albert paga la cuenta y juntos salen del restaurante. Ya dentro del lujoso coche, la pelirrubia se mantiene algo pensativa. Hasta ese momento, no se había atrevido a preguntarle a Albert acerca de su esposa.
¿Qué pasaría si ella se enteraba que su marido estaba haciéndose pasar por el prometido de