Por algunos segundos, Albert se deja llevar por el deseo arrollador de Eva. Sin embargo, aunque como hombre la desea, algo dentro de él, lo hace detenerse y desistir de aquella loca idea.
Como si el universo estuviese confabulando a su favor, Albert escucha el llanto de Shirley y se aparta de la sensual mujer.
—¡Es mi hija! —exclama aturdido, rápidamente sale de la habitación en busca de su hija.
Al salir de la recámara, ve a su pequeña hija de pie y en medio del pasillo, frotando sus ojit