Después del almuerzo, Isabella se dispone a descansar un poco. Aquella noche que tanto había ansiado estaba por cumplirse y no sería justamente ella, quien lo dañaría.
Antonella lava la losa, mientras Albert destiende y sacude el mantel de tela, lo dobla con lentitud, dando tiempo para que la pelirrubia se desocupe.
—Creo que hay algunos detalles que no tomamos en cuenta —dice mostrándole el anillo algo flojo en su dedo anular.
—Sí, de verdad lo siento. No pensé que mi madre se atraviese a