Abrí los ojos a la madrugada. No me di cuenta cuando caí en los brazos de Morfeo. Maximiliano no estaba en la cama. Apenas puse un pie en el suelo y todo mi cuerpo se estremeció. Estaba frío. Encendí la lámpara de la mesita y me puse las pantuflas.
Lo encontré en el sofá gris frente a la chimenea. Con un cojín sobre sus piernas, apoyando los codos. Tenía los ojos cerrados. Cuando se percató de mi presencia, se frotó la sien.
—¿Estás bien?
—Sí.
—No es cierto. Dime qué pasa —tomé asiento a su