Asentí, zanjando el tema. No valía la pena insistir si me iba a dar la misma respuesta vaga y cortante.
Me acostumbré demasiado a leer el lenguaje corporal de mi hermana para saber si me mentía como para tragarme el cuento de personas ajenas acerca de una verdad. A mí nadie podía hacerme tonto.
Ellos estaban ocultando algo con respecto a Tessa, ya que ella jamás habría permitido estar incomunicada conmigo más de un día.
Llegamos a un sitio elegante en el que, desde luego, me sentí fuera de luga