Mia lo notó en la tercera mañana.
La primera podía ser jet lag.
La segunda, coincidencia.
La tercera era un patrón.
Chris estaba de pie en la encimera de la cocina con el teléfono en una mano y una taza en la otra, el café olvidado, enfriándose sin tocar. No estaba deslizando la pantalla. No estaba escribiendo. Solo… lo sostenía. Como si pudiera sonar en cuanto aflojara el agarre.
“¿Vas a beber eso o vas a hacerle una vigilia?” preguntó Mia, con tono ligero.
Él parpadeó una vez. Luego otra.
“¿H