En la ducha, intercambiamos caricias y lo hacemos una vez más, el agua caliente corriendo sobre nuestros cuerpos entrelazados. Terminamos la ducha, volvemos al cuarto y nos vestimos.
—Ponte otra ropa —dice él, con la voz firme, observándome con mirada crítica. —Ese short está apretando a mi hijo ahí.
—Vaya, qué exagerado —digo, riendo.
—Exagerado nada —insiste él, con la voz firme. —Cámbiate. Ponte uno de tus vestidos.
Me pongo una falda larga y una blusa de tirantes, eligiendo un conjunto que