—¡No me des la espalda, Alice! ¡Alice! —grita él, pero no le hago caso.
Subo las escaleras, voy al baño y me cepillo los dientes. Termino y vuelvo al cuarto. Él está entrando, con una expresión cerrada. No hablamos nada. Pasa a mi lado y va al baño. Cojo mi bolso, bajo las escaleras y voy a esperarlo en la sala.
Suena el timbre. Voy a atender. Abro la puerta y es Fernanda, con una expresión preocupada.
—Ay, amiga —dice ella, entrando rápidamente. —Perdón, no debí haber invitado a esos chicos a